viernes, 4 de enero de 2013

El matadero


     Empezaré aclarando que yo no salgo de mi cueva si no es porque algo me ha interesado realmente, aunque es probable que eso los escasos lectores de este blog ya lo sepan. Fue lo que me ocurrió cuando leí Respiración artificial y Las armas secretas. En cambio, también puede suceder que un texto me disguste tanto que sienta la necesidad de explayarme en su contra, como me pasó con Abbadón el exterminador.
Dicho esto, espero despertar algún interés en el lector al decir que he encontrado un texto de un autor joven que es de lo mejor que jamás he leído, por lo difícil que es desenmascarar sus verdaderas intenciones y porque confiere una fuerza nueva a algunos planteamientos que, de un tiempo a esta parte, ya venían aburriendo. Pronto, espero, ese texto será conocido por todos.
     Hablo de El Matadero, de Esteban Echeverría, relato contenido en su libro Cuentos póstumos, publicado por Anagrama y lanzado a la vez en Argentina y en España en diciembre de dos mil doce. El libro, como quizás algún lector ya sepa, está dedicado al ejercicio de imaginar una serie de personajes que jamás existieron y a ubicarlos en diferentes contextos históricos. Todos los relatos tienen algún interés, pero me centraré en El Matadero ya que al estar ambientado en el país de origen de Echeverría presenta de base una doble lectura: la que cualquiera puede ver y la que refiere a la realidad argentina. Y con doble quiero decir, claro, cuádruple.
     Para analizar el relato haré un recorrido a través de los puntos del mismo que me ha parecido que sostienen el mayor peso, aunque todos éstos se entremezclen continuamente a lo largo del texto y no se puedan separar con exactitud. Sin embargo, a través de esta crítica fragmentaria espero lograr que el lector conforme su propia visión de El matadero, sin importar si ésta coincide o no con la que yo le presento.

1. El gran relato de la historia argentina / occidental.
     El matadero se sitúa temporalmente en los albores de la independencia argentina (aquellos tiempos en que el país aún estaba conformando su propia idiosincrasia) y en líneas generales podemos decir que intenta poner en evidencia los procesos que fueron constituyendo el país y asimilándolo a las naciones europeas, es decir, introduciendo su historia en el cauce de la hegemonía que hasta hoy impera y trayéndola hasta la actualidad. Entonces, por una parte encontramos la concepción de la Argentina como una nación represora, es decir, moderna, donde se han repetido ciertos procesos de lucha que podemos hallar en los albores de cualquier nación occidental (aunque con sus particularidades, claro). Pero también podemos entender, si nos remitimos a la era premoderna, la Argentina como un lugar que ha sido asimilado por el aparato homogeneizador y etnocentrista de la civilización europea. Ésta faceta de la subalternidad aparece en el relato representada por las negras achuradoras.
     Sin embargo esto no es más que un punto de partida, pues la finalidad de El matadero es que el lector comprenda que su situación actual es la consecuencia lógica de esas tensiones y que tome conciencia de que, realmente, no importa si ganaron los unitarios o los federales: que descubra que lo que realmente se formaba en aquellos años era la nación moderna, el verdadero enemigo de todo individuo, y no sólo un gobierno de una u otra ideología. De hecho, el texto presenta a rosistas y a unitarios como dos máscaras de la misma realidad: por un lado, la violencia del poder central. Por el otro, la impotencia del individuo ante el discurso del Poder y ante la Ley. Y quede claro que en vez de rosistas y unitarios podemos decir socialistas y populares, demócratas y republicanos o, lo más interesante, peronistas y radicales.
     Esto entronca directamente con una pregunta que probablemente sea inevitable al leer este estudio: ¿es El matadero un texto posmoderno? Para mí, la respuesta es clara. Sin embargo, dedicaré un punto a esa cuestión, aunque seré breve, primero porque prefiero que cada lector saque sus propias conclusiones, segundo porque no hay un decálogo de características que hagan que uno pueda decir con seguridad si un texto es o no posmoderno, y tercero porque el tema, en realidad, importa bastante poco y prefiero dilapidarlo rápidamente. Ahí va.

2. El matadero: ¿un texto posmoderno?
     En mi opinión, El matadero no es posmoderno. Pero soy consciente de que si he de aclarar esto es por algo. Por eso, sí diré que el texto utiliza algunos procedimientos que podrían hacerlo pasar por tal, asemejándose en esto a la escritura de Rodrigo Fresán, a quien el tal Echeverría de seguro ha leído y tal vez incluso conoce personalmente. Ahora, pasaré a enumerar las razones por las que pienso que no es posmoderno:
     → No es un texto autónomo, es decir, refiere a una realidad externa. Histórica, por si fuera poco. Además, en mi estudio plantearé la idea de que lo que de verdad busca Echeverría es remitir a la actualidad. Y eso me lleva al siguiente punto.
     El matadero trata de cambiar la realidad. Por supuesto, no creo que lo que pretenda sea que el lector se eche a la calle a manifestarse ni nada por el estilo, sino sólo producir un distanciamiento a partir del cual nosotros seamos repentinamente conscientes de lo que se oculta bajo las realidades discursivas que nos rodean. Es decir, busca una iluminación profana. Y ésa es una idea de Benjamin. Y Benjamin era marxista. Y... ¿qué hay menos posmoderno que el marxismo?
     → No hay ni una sola referencia a la cultura de masas.
     → Todas las anteriores.
     Pregunta: entonces, ¿por qué le has puesto ese nombre a tu estudio? Respuesta: y yo qué sé, dejadme en paz, es un nombre llamativo, ¿no? Además, digo posmodernidad. Y posmodernidad, lo que es posmodernidad, haberla, hayla.

3. La hipótesis.
     Llegados hasta aquí, creo que ya podemos formular una hipótesis acerca de El matadero, y será la siguiente: con este cuento, Esteban Echeverría ha intentado rastrear los orígenes del aparato represor del estado. Para ello, lo ha puesto en relación con las ideas de verdad y autoridad absoluta con que la iglesia gobernó durante siglos, entendiendo de alguna manera al estado como un heredero del poder eclesiástico o, mejor dicho, al estado como una consecuencia inevitable de la hegemonía religiosa. Así, rastreará las figuras del Juez y del Otro en la Argentina de 183..., entre otras, y formulará una crítica al peronismo que durante décadas se ha mantenido a la cabeza de ese país de forma absolutamente indiscutible. También: pondrá de manifiesto que no existe una equivalencia entre el discurso del Poder y su praxis, y hará referencias veladas a cómo la cultura de masas ha ayudado a la manipulación del imaginario popular y a la construcción de una verdad que obedece a los intereses de aquellos que detentan el Poder. Para ello, utilizará una interesante y novedosa estrategia consistente en situarse en una época remota y distanciar al lector mediante la técnica de hacer obvio que el texto no podría de ningún modo ser de la época que se supone que pretende que creamos que es. De esta manera, el lector trasladará lo que está leyendo a la actualidad y lo comprenderá como una causa lejana de la misma, ampliando así su capacidad para entender el mundo que lo rodea y las fuerzas invisibles que actúan sobre él.
En lo que sigue, para no aburrir (más) citaré literalmente fragmentos del texto y simplemente iré haciendo comentarios cuando me parezca pertinente. Por eso algunos párrafos aparecerán repetidos, pero creo que es algo que vale la pena a cambio de facilitar la lectura. Para empezar:

     En aquel tiempo los carniceros degolladores del matadero eran los apóstoles que propagaban a verga y puñal la federación rosina, y no es difícil imaginarse qué federación saldría de sus cabezas y cuchillas.
     La mención de los apóstoles no es vana, y su intención en este párrafo aparece totalmente explicitada cuando dice que no es difícil imaginarse qué federación saldría de sus cabezas y cuchillas: habla del sistema global actual, de cómo se gestó.
     Tal vez, en la elección de la federación rosina Echeverría halló un método preciso de referirse al kirchnerismo mediante la evocación a la que el color rosado nos obliga. Sin embargo, no me atrevería a afirmar tajantemente nada a este respecto.

4. La iglesia y el estado.
     A pesar de que la mía es historia, no la empezaré por el arca de Noé y la genealogía de sus ascendientes...
     El texto comienza de manera reveladora: con una mención al arca de Noé y la Biblia a través de la que Echeverría critica y desintegra el tono religioso que los escritores han utilizado históricamente, es decir, un tono de verdad absoluta, y propone a cambio una duda razonable de la posibilidad de que exista una verdad al desvincularse de la Biblia, que funciona aquí como metáfora de la disciplina filosófica occidental que llamamos metafísica. Así, comienza con un acercamiento al nihilismo y a la idea de que los valores son construidos, lo cual ya propone una cierta relativización, pero incompleta, que nos lleva claramente a pensar en Nietzsche, de quien me atrevería a afirmar que Echeverría probablemente sea un lector minucioso. Más adelante, otros razonamientos fundamentarán esta opinión.

     ...porque la iglesia, adoptando el precepto de Epicteto, sustine, abstine (sufre, abstente)...
     En esta frase pone en relación directa a la iglesia con la civilización occidental que según Nietzsche funda sus aberraciones en los discursos de los filósofos griegos. Más adelante, escribe:

     Y como la iglesia tiene ab initio y por delegación directa de Dios el imperio inmaterial sobre las conciencias y estómagos...
     Otra vez la parodia de la Verdad absoluta cuyo poder la iglesia ha disfrutado a lo largo de la historia. Además, hay un sutil e interesante uso de la palabra imperio y, lo más interesante, trae a colación cómo el discurso del Poder eclesiástico ha legislado históricamente no sólo sobre las instancias de la realidad que solemos dar por sentadas sino también sobre el cuerpo humano, lo cual aporta al texto un eco de la reflexión sobre el género que atraviesa diametralmente el panorama intelectual de la actualidad. En esa misma frase, añade:

     ...nada más justo y racional que vede lo malo.
     “Lo malo”. Esa expresión chirría en cualquier creador de nuestros días del que se espere la más mínima profundidad intelectual; y uno la puede esperar de Echeverría, si no por el resto de relatos de Cuentos póstumos (que tal vez no haya leído), sí al menos por todas las referencias de éste a los grandes pensadores de la historia occidental. Referencias que, además, no son citas en ningún caso, porque citar sería traer al campo de batalla a Nietzsche o Foucault, cuando lo que Echeverría quiere es aniquilar ese individualismo propio de la modernidad y esa figura que es el genio2, tan relacionada con la del héroe que, como luego veremos, también es criticada en El matadero. Algo más adelante, además, hablará de los buenos federales.

     Los abastecedores, por otra parte, buenos federales, y por lo mismo buenos católicos, sabiendo que el pueblo de Buenos Aires atesora una docilidad singular para someterse a toda especie de mandamiento, sólo traen en días cuaresmales al matadero, los novillos necesarios para el sustento de los niños y de los enfermos dispensados de la abstinencia por la Bula...
     Para empezar, la palabra mandamiento es crucial aquí. Además, este párrafo nos habla otra vez de la fuerte unión entre el estado y la iglesia, y muestra cómo el Poder estatal ha utilizado históricamente los discursos eclesiásticos para justificar acciones que en realidad buscaban un beneficio oculto. Por otra parte, también encontramos en él un ataque a los valores católicos que tan arraigados siguen estando en la sociedad argentina.

     Parecía el amago de un nuevo diluvio... y en adelante.
     Hallamos en este asunto del diluvio (aparentemente innecesario) una alusión a la muerte de Dios, que en el tiempo actual ya no devuelve ante las atrocidades que cometemos los seres humanos más que silencio. De este modo, Echeverría vuelve a homenajear a Nietzsche, quien intuyo es en su opinión el verdadero padre de la posmodernidad y el único que realmente planteó un discurso riguroso y productivo, o al menos el que lo hizo con más acierto. Aunque tal vez la única razón por la que yo leo esto así es porque ésa es mi opinión. Más adelante veremos otra función de la lluvia en el relato.

     La justicia del Dios de la Federación os declarará malditos.
     El Dios de la Federación”. La iglesia y el Poder central ya conviven en una misma entidad que, además, se liga subrepticiamente con las instancias de la justicia, tema de enorme interés que trataremos más adelante.

     ¡Cosa extraña que haya estómagos privilegiados y estómagos sujetos a leyes inviolables y que la iglesia tenga la llave de los estómagos!
     Si encontrásemos esta exclamación en un discurso de 184... pensaríamos inmediatamente que nos hallamos ante un autor populista que busca meterse al lector en el bolsillo. Al ser evidente que ésa no puede ser su intención, en un texto del siglo XXI nos vemos obligados a volver al tema de la iglesia y el estado; un estado cuyas verdades se sustentan en leyes inviolables y se reciben de forma acrítica como si viniesen legitimadas a priori por una instancia divina. Añadiré de nuevo la mención obligada a las cuestiones del género, ya que habla de la llave de los estómagos, órgano que, por cierto, ha sido tradicionalmente ligado a la parte concupiscente del ser humano y a nuestros deseos “más bajos”.

     ...el caso es reducir al hombre a una máquina cuyo móvil principal no sea su voluntad sino la de la iglesia y el gobierno.
     Por fin, la unión que se venía prefigurando aparece clara. Aquí comienza a ser obvio de alguna manera que este texto no podría haber sido escrito en 184..., ya que habla del hombre como máquina, un tópico que no se pondrá de moda hasta el siglo XX, momento de máximo esplendor del capitalismo durante el que Chaplin escribe Tiempos modernos (1936).

     ...la Federación estaba en todas partes, hasta entre las inmundicias del matadero y no había fiesta sin Restaurador como no hay sermón sin Agustín.
     Aquí añade cómo el Poder va inmiscuyéndose de manera inexorable en la intimidad.

     Es de creer que el Restaurador tuviese permiso especial de su Ilustrísima para no abstenerse de carne, porque siendo tan buen observador de las leyes, tan buen católico y tan acérrimo protector de la religión, no hubiera dado mal ejemplo aceptando semejante regalo en día santo.
     Ataca de nuevo a la no equivalencia entre el discurso del Poder y su praxis.

5. Las voces.
     En fin, la escena que se representaba en el matadero era para vista, no para escrita.
     Como ya he dicho, más tarde argumentaré por qué El matadero contiene en sí mismo algunos dispositivos para evitar que el lector cometa el error de comprenderlo como un cuadro de costumbres o como un relato que pretende imitar el discurso del siglo XVIII. Por ahora, debo pedir alguna credulidad a mis lectores para dar por hecho que eso es así. Con esta base podemos comprender la frase de arriba tal vez la que más ha dado de qué hablar entre la gente que conozco que ha leído el texto como una incapacidad inherente al discurso para narrar el horror, o siquiera la realidad misma. En un tiempo en que se nos bombardea constantemente con información que se presupone objetiva, Echeverría prefiere guardar silencio ante lo realmente importante. Y eso no deja de ser una forma de crítica al sistema y a la “sociedad de la información” similar a la que utiliza Piglia en Respiración artificial cuando decide callar ante la muerte que, en el fondo, es lo que él desea relatar. Así, El matadero halla uno de sus puntos álgidos en esa frase que empuja al lector atento que ha llegado a comprender esto a vivir en su realidad inmediata, a renegar y a desconfiar de todo discurso que intente narrarle hechos que escapan a su experiencia, y sobre todo si lo hace con pretensión de verdad. Así, El matadero consigue contarnos sin contar, a través del silencio; evitando la precesión de los simulacros que hoy en día acompaña a toda experiencia, incluso a la de la ficción.

     Tengo muchas razones para no seguir ese ejemplo, las que callo por no ser difuso.
     Encontramos esta frase al comienzo del relato, después de aquella que hablaba del arca de Noé y que antes analizamos. Aquí el autor, descreído de todo discurso, nos dice que él no nos va a largar un ditirambo moralizador o siquiera ensayístico, no, sino que seremos nosotros quienes tendremos que buscar las pistas que nos revelen nuestra propia verdad, es decir, lo que nosotros seamos capaces de entender del texto, independientemente de si nuestra interpretación es o no igual a la suya. Así, incide en la idea de lector activo del que se habla en La hora del lector, de José María Castellet, y nos recuerda de nuevo a la iluminación profana de la que hablaba Benjamin.

     Oíanse a menudo, a pesar del veto del Restaurador y de la santidad del día, palabras inmundas y obscenas, vociferaciones preñadas de todo el cinismo bestial que caracteriza a la chusma de nuestros mataderos, con las cuales no quiero regalar a los lectores.
     He aquí uno de los ejes clave de la literatura argentina de todos los tiempos: la tensión entre escritura y oralidad. En esta escena, a pesar de la ley eclesiástica y de la ley del Restaurador, las “vociferaciones” (las voces) de la chusma de los mataderos, es decir, de los silenciados, de los otros, se alzan, pero el escritor no las reproduce. En un gesto genial que se alinea con la respuesta de Gayatri Spivak a su pregunta: ¿puede hablar el subalterno? a la que la intelectual india responde “no”, Echeverría decide mostrar que la palabra hablada es incapaz de imponerse sobre la escrita; que ésta sólo refleja el discurso de los poderosos.
Ahora, abriré otro apartado para hablar de cómo la voz puede lograr incidir en la realidad a través del mecanismo que la sociedad occidental ha creado para ello: la ley.

6. Ante la Ley.
     La primera vez que este asunto aparece en El matadero es cuando se nos cuenta lo que el Restaurador decidió hacer para abastecer de carne a los habitantes de Buenos Aires:

     ...tomó activas providencias, desparramó sus esbirros por la población, y por último, bien informado, promulgó un decreto tranquilizador...
     Aquí hay varios puntos de interés. El primero, que el Restaurador manda a la policía a la ciudad para velar por su palabra, es decir por su decreto tranquilizador. Todo esto lo hace bien informado, porque la información es una aliada del Poder y (como ya hemos demostrado con sobrados argumentos) enemiga del individuo, ya que depende mucho más del lugar de enunciación que del contenido: sólo aquél que tiene voz puede manipular la información a su voluntad.

     -Silencio -dijo el juez-... (de cuando le plantan ante el juez).
     -Silencio y sentarse exclamó el juez, dejándose caer sobre su sillón. Todos obedecieron, mientras el joven, de pie, encarando al juez, exclamó con voz preñada de indignación:
     -Infames sayones, ¿qué intentan hacer de mí?
     En estos dos pasajes se nos muestra al individuo ante la Ley, enfrentado a ella, y en ambos el juez empieza por pedir silencio, es decir, por acallar las otras voces, por apropiarse del lugar de enunciación. Además, hay que tener en cuenta que en ambos casos su voz se convierte de inmediato en realidad, como cuando dice

     Apenas articuló esto el juez, cuatro sayones, … (de antes de que lo intenten violar).
     Ahí se ve claro el enorme poder que tiene el juez: su verdad discursiva se convierte en verdad de la experiencia. El unitario es el individuo enfrentado al Poder (aunque, como luego veremos, su condición ideológica es totalmente irrelevante): es el que va a la contra. Por supuesto, ya sabemos cómo termina. Así es como la violencia se presenta como fuerza no discursiva que es capaz de legitimar el Poder. La sociedad moderna acalla y aplasta al individuo en esta escena que nos remite de manera inevitable a El proceso, de Kafka, obra que creo que no hace falta resumir. Los paralelismos son evidentes.
     De este modo, el desenlace es el único posible: el unitario al final revienta, es decir, el individuo es aplastado. Sin embargo, Echeverría lleva a cabo esta ejecución de forma totalmente paródica para evitar una posible mitificación del unitario; luego hablaré de eso.
     En el caso contrario, un individuo que se somete al Poder obtiene a cambio que la fuerza de la justicia lo ignore en algunas ocasiones, es decir, impunidad. Se ve en:
     ...que el señor juez tuvo a bien hacer ojo lerdo.
     Frase que hallamos cuando se decide que el toro se va a dar de comer a la población. El individuo sometido obtiene algunas pequeñas concesiones que, si lo pensamos bien, también disfrutaría si no existiese la ley.
     -¿Por qué no traes divisa?.
     -Porque no quiero.
     -¿No sabes que lo manda el Restaurador?
     -La librea es para vosotros, esclavos, no para los hombres libres.
     -A los libres se les hace llevar a la fuerza.
     -Sí, la fuerza y la violencia bestial. Esas son vuestras armas, infames. El lobo, el tigre, la pantera también son fuertes como vosotros. Deberíais andar como ellos en cuatro patas.
     (El subrayado es mío).
     En una primera lectura este párrafo me chocó por la claridad con que se nos presentan las propuestas del autor. Después, lo pensé de manera más minuciosa y llegué a la conclusión de que lo que Echeverría pretende es parodiar al unitario para que ningún lector posible pueda identificarlo con un héroe y para ello se sirve, sobre todo, de la frase subrayada. Lo que Echeverría intenta decirnos es que lo interesante es la figura del individuo que se opone al Poder, sin importar que éste sea ese unitario o anarquista o mormón. Además, también hay un juego paródico con el tono maniqueo tan vigente en la era moderna que, como ya dije al principio, heredamos del discurso religioso-metafísico.

7. La verosimilitud.
     Probablemente, una de las propuestas que más hayan chocado al lector de todas las que he planteado es la de que Echeverría haya escrito un texto con una precisión excelente y no carente en absoluto de trabajo— precisamente para que el lector pueda darse cuenta de que no es más que una ficción. Me explicaré.
     La enorme diferencia que distancia a Echeverría de un escritor realista es que él escribe con la conciencia de estar creando un simulacro, es decir, escribe para ser descubierto, para que el lector se dé cuenta de repente de que todo eso no es más que una patraña, se abstraiga, y llegue así a pensar en la verdadera dimensión del cuento (expuesta en 3. La hipótesis). Para lograr este efecto se sirve de algunas estrategias que se verán claras en los ejemplos que siguen.

     El matadero de la Convalecencia o del Alto, sito en las quintas al sud de la ciudad, es ... (sigue una detallada descripción del matadero).
     Si uno investiga un poco descubre de inmediato que, efectivamente, El matadero de la Convalecencia existió, que Echeverría ha utilizado un lugar real para ubicar su ficción. Por eso, si jugamos a imaginar que el cuento pertenece al siglo XVIII, y teniendo en cuenta que la difusión de los textos de la época no era tan grande como la de hoy y que éste en concreto buscaría —si, repito, hubiese sido escrito en 183...— provocar una reacción en los lectores argentinos, la descripción del matadero sería, obviamente, innecesaria, ya que todos lo conocerían a la perfección. Entonces, esto es un ejercicio de desautomatismo que pretende que el lector se dé cuenta de que realmente a quien le hablan es a él. Pero no sólo eso. Justo antes de ese párrafo leemos:

     Pero para que el lector pueda percibirlo a un golpe de ojo, preciso es hacer un croquis de la localidad.
     ¡El lector aparece nombrado explícitamente! Como diciendo eh, tú. Sí, te hablo a ti, no pienses que esto es sólo una historia inocente. (No hay historias inocentes). A la vez, por supuesto, tiene la función de que el lector actual pueda comprender cómo era aquello, pero ésta es claramente subsidiaria a la otra.

     Llamaban ellos salvaje unitario, conforme a la jerga inventada por el Restaurador, patrón de la cofradía, a todo el que no era degollador, carnicero, ni salvaje, ni ladrón; a todo hombre decente y de corazón bien puesto, a todo patriota ilustrado amigo de las luces y de la libertad; y por el suceso anterior puede verse a las claras que el foco de la federación estaba en el matadero. (Y todos los fragmentos en los que elogia al unitario de forma unilateral y acrítica).
     Dado que es obvio que ningún escritor de hoy —creo/espero— puede hablar de una ideología de forma tan obviamente parcial, el lector no puede evitar que le asalte la idea de que todo esto es una broma enorme y en realidad lo que se pretende es parodiar también al unitario, y máxime cuando el Restaurador lo es “de las leyes”, es decir, que el sueño civilizador en realidad se está cumpliendo y que si los unitarios fuesen los que mandan la violencia del Poder se ejercería exactamente igual. Lo que aquí saca a relucir Echeverría es la conformación de estado moderno, centralista y opresor, y no las particularidades de una u otra ideología, ya que el discurso para él no es más que una manera de ocultar las verdaderas intenciones del Poder sin importar su contenido. Así, lo que Echeverría critica —o, más bien, estudia— es la construcción del héroe, la del villano, el desequilibrio entre discurso y Poder, etc., y no las tensiones que han ayudado a fundar esas categorías.
     Hay muchos otros párrafos en los que podemos encontrar esta intención, pero es tan fácil hacerlo que no me dedicaré a copiarlos aquí: como Echeverría, presupondré un lector activo.

     ...por cuyo motivo ellos la proclamaron entusiasmados patrona del matadero, estampando su nombre en las paredes de la casilla donde se estará hasta que lo borre la mano del tiempo.
     Aunque aún no hemos hablado de esto, cuando veamos el paralelismo que existe entre la figura de Evita Perón y la patrona del matadero veremos claramente el llamamiento al lector argentino mediante la ironía: hasta que lo borre la mano del tiempo. Como diciendo: estamos en 2012 y aún no lo ha borrado... ya va siendo hora de añadir otra mano, ¿no? Enlazaré directamente con esta cuestión para que se vea claro a qué me refiero.

8. El peronismo.
     Probablemente el mayor miedo que acechaba a Echeverría mientras escribía este relato era el de que se malinterpretase y se entendiese como una crítica al peronismo. El matadero, muy lejos de eso, no tiene la intención de atacar a ninguna figura política (pues sería sumamente contradictorio con sus planteamientos), sino de evidenciar (ni siquiera criticar) los mecanismos de construcción de ciertos sistemas que, en el peronismo, se reflejan mejor que en ningún otro. El peronismo entendido no como culpable de nada, sino como un ejemplo genial.
     El primer mecanismo al que ataca es el de la construcción de la figura del héroe, y por lo tanto a la del villano. Como a la vez desea mostrar que el sistema actual no es más que una perpetuación de aquél que se supone que quedó atrás, una figura que debe interesarle por fuerza es la de “doña Encarnación”/”Evita”/”Cristina K.”, en tanto son perfectos ejemplos de heroínas construidas. Aparte del último párrafo que cité, muy revelador, tenemos otros que hablan de esto.

     Pero algunos lectores no sabrán que la tal heroína es la difunta esposa del Restaurador, patrona muy querida de los carniceros quienes, ya muerta, la veneraban como viva por sus virtudes cristianas y su federal heroísmo en la revolución contra Balcarce.
     Poco hay que decir. Creo que es imposible que cualquiera que conozca mínimamente la historia de los Perón pueda ignorar el paralelismo. Si añadiré, sin embargo, que Echeverría no ha inventado a este personaje: existió. Simplemente, quiere evidenciar que las estructuras subyacentes no han cambiado. Lo que importa no es la anécdota, sino lo que podemos deducir de ella. Y digo que no han cambiado en el fondo, cuidado, porque en la superficie sí: Echeverría no plantea ninguna forma de estatismo histórico. Lo vemos en:

     Quizá llegue el día en que sea prohibido respirar aire libre, pasearse y hasta conversar con un amigo, sin permiso de autoridad competente.
     Por ejemplo. Esta frase cobra un gran interés enunciada desde el s. XVII hacia hoy, porque obliga al lector a preguntarse si ese vaticinio no se ha hecho ya realidad e introduce el tiempo histórico en la narración.
Sigamos:

     Se hablaba ya, como de cosa resuelta, de una procesión en que debía ir toda la población descalza y a cráneo descubierto, acompañando al Altísimo, llevado bajo palio por el Obispo, hasta la barranca de Balcarce, donde millares de voces, conjurando al demonio unitario de la inundación, debían implorar la misericordia divina.
     Cualquiera que haya visto o siquiera oído hablar de lo que ocurrió en la Plaza de Mayo (donde se ubica la Casa Rosada) cuando murió Néstor Kirchner no puede evitar evocar la referencia de este párrafo. “El Altísimo” es una expresión que ironiza sobre la canonización de la figura de Kirchner. Como añadido para quien no lo sepa: el día que se lloró a Néstor, en Buenos Aires estaba lloviendo.
     A continuación hablaremos de las figuras mitificadas en el cuento, pero antes debemos referirnos al espacio en el que se mitifican.

9. El espectáculo.
     El espectáculo en el cuento se halla representado por el episodio del toro y después por el del unitario.

     Los dicharachos, las exclamaciones chistosas y obscenas rodaban de boca en boca y, cada cual hacía alarde espontáneamente de su ingenio y de su agudeza excitado por el espectáculo o picado por el aguijón de alguna lengua locuaz.
     -Hi de p... en el toro.
     Éste es el principio de una crítica ácida a la sociedad del espectáculo. Por las razones que ya hemos visto, debemos intentar trasladar todo lo que veamos en el cuento a la realidad de nuestra época. Entonces la palabra espectáculo adquiere una enorme relevancia. A la vez que vemos cómo comienza este modelo de sociedad, aquí aparecen las primeras muestras leves de violencia que prefiguran lo que vendrá después. Una voz, amparada en el anonimato que el espectáculo concede, insulta al toro, que es el primer villano. El unitario es el segundo. Pienso en el caso de Madeleine McCann, la niña que desapareció (“una de las”). También podríamos hablar de ETA o los tuaregs argelinos o malienses a los que se trata de terroristas en los medios de comunicación. Y que conste que ni Echeverría ni yo defendemos a esos individuos, pero tampoco los condenamos: somos conscientes de nuestra falta de información. Lo que aquí se critica es el circo mediático que aparece alrededor de los villanos construidos por los medios de comunicación masivos. Un ejemplo en la Argentina sería el del Petiso Orejudo.
     Podría objetarse que en el relato no se habla directamente de un criminal. Si bien eso es cierto, hay dos datos que apuntan claramente en esta dirección. El primero: al final del todo al unitario se le coloca ante la Ley pero rodeado del pueblo, como se hace con estos presuntos criminales. Todos tenemos en la cabeza esa imagen de un hombre con la cabeza tapada siendo insultado a las puertas de un juzgado. El segundo y más obvio: en toda la persecución del toro el único que muere es un niño inocente, como en muchos de estos circos mediáticos. Por cierto que la elección de un toro como villano tampoco es arbitraria, pues hace clara referencia a la animalización que los medios hacen de estos sujetos a los que el público juzga como en una caza de brujas.
     Además, también hallamos un paralelismo entre el dato de que a los porteños les enviaron cincuenta reses (cuando normalmente consumían hasta trescientas al día) y ese espectáculo. Es decir, al igual que cincuenta reses son un alimento pobre para toda esa gente, el espectáculo es una ficción: apenas alimenta la experiencia de los que lo contemplan.
     Ahora pondré uno solo, pero en el texto los ejemplos de cómo el espectáculo desemboca en la violencia son numerosísimos:

     -Como toro le ha de quedar. ¡Muéstreme los c..., si le parece, c...o!
     -Ahí los tiene entre las piernas. No los ve, amigo, más grandes que la cabeza de su castaño; ¿o se ha quedado ciego en el camino?
     -Su madre sería la ciega, pues que tal hijo ha parido. ¿No ve que todo ese bulto es barro?
     -Es emperrado y arisco como un unitario -y al oír esta mágica palabra todos a una voz exclamaron:
     -¡Mueran los salvajes unitarios!
     Con lo que he dicho, además, creo que más o menos se muestra cómo se ha construido la figura del villano. Sea como sea, en el relato ya había aparecido algo relacionado con este asunto, que es la percepción de...
     9.1. El Otro.
     El otro, en el cuento, es una especie de pre-villano. Veamos cómo se le trata en El matadero y cómo se le animaliza:

     Multitud de negras rebusconas de achuras, como los caranchos de presa, se desbandaron por la ciudad como otras tantas harpías prontas a devorar cuanto hallaran comible. Las gaviotas y los perros, inseparables rivales suyos en el matadero, emigraron en busca de alimento animal. Porción de viejos achacosos cayeron en consunción por falta de nutritivo caldo; pero lo más notable que sucedió fue el fallecimiento casi repentino de unos cuantos gringos herejes que cometieron el desacato de darse un hartazgo de chorizos de Extremadura, jamón y bacalao, y se fueron al otro mundo a pagar el pecado cometido por tan abominable promiscuación.
     Poco hay qué decir que no sea obvio. Si acaso, que todos los que aparecen en este párrafo son excluidos del discurso hegemónico, ya sea por ancianos (enfermos), negros o extranjeros. Antes incluso, hallamos una similitud con el tratamiento que se hizo del SIDA en los primeros tiempos de la enfermedad:

     Las pobres mujeres salían sin aliento, anonadadas del templo, echando, como era natural, la culpa de aquella calamidad a los unitarios.
     La primera reacción, entonces, es culpar al Otro. Más ejemplos:

     ...de negras y mulatas achuradoras, cuya fealdad trasuntaba las harpías de la fábula, y, entremezclados con ella, algunos enormes mastines olfateaban, gruñían o se daban de tarascones por la presa.
     […]
     -Ahí se mete el sebo en las tetas, la tía -gritaba uno.
     -Aquél lo escondió en el alzapón -replicaba la negra.
     -¡Che!, negra bruja, salí de aquí antes que te pegue un tajo - exclamaba el carnicero.
     -¿Qué le hago, ño Juan? ¡No sea malo! Yo no quiero sino la panza y las tripas.
     -Son para esa bruja: a la m...
     -¡A la bruja! ¡A la bruja! -repitieron los muchachos-, ¡se lleva la riñonada y el tongorí!- y cayeron sobre su cabeza sendos cuajos de sangre y tremendas pelotas de barro.
     Aquí aparece algo más: una prefiguración de los valores y los mecanismos de exclusión que hoy siguen vigentes.
     Ahora, analicemos la otra figura clave:
     9.2. El héroe.
     En sus Mitologías, Barthes muestra la realidad de algunos mitos modernos. Umberto Eco, por su parte, se centra en la figura del héroe en su análisis de Superman. El héroe moderno nace en un tiempo en que la experiencia está suspendida y las personas necesitan modelos a los que remitirse para obtener alguna vivencia, es decir, para vampirizar de algún modo las experiencias de los personajes. Esto se ve sobre todo cuando leemos que Matasiete era hombre de pocas palabras y de mucha acción, es decir nada de discurso y mucho de experiencia. Echeverría hace surgir esta figura en un contexto primitivo.

     ¡A Matasiete, el matahambre!
     Cuando el villano ya es tal, la masa procede a invocar al héroe mediante un mecanismo clásico del cómic. Lo que sigue, a su vez, es lo que cualquier persona que conozca bien el funcionamiento de estas modalidades de la ficción podría prever. Más tarde, cuando Matasiete ya se está “dando la vuelta” (se prepara para irse), recuperando un giro argumental que podemos encontrar a patadas en la cultura de masas, aparece el verdadero antagonista, el verdadero villano, para que se le enfrente. La razón de que Echeverría se apropie de esta forma de narrar es que quiere dejar claro que está recurriendo a estereotipos, a figuras planas, y cuando todo es tan obviamente paródico el lector no puede evitar que su propio imaginario le remita a los ámbitos que se parodian.

10. Las otras cuestiones.
     Los antiguos historiadores españoles de América deben ser nuestros prototipos.
     Mediante esta parodia Echeverría ataca directamente a la descolonización intelectual de América Latina, que muchos pensadores consideran como una idea falsa que aún no se ha terminado de llevar a cabo.

     Por los años de Cristo de 183...
     La fecha se deja en el aire porque el autor quiere poner de manifiesto la poca importancia de la exactitud histórica, dando relieve en cambio al significado de los hechos particulares que se narran; es decir, lo que importa (otra vez, como cuando hablamos de Encarnación Ezcurra) son los significados, no los hechos en sí.
     Antes de terminar, diré que la escena del unitario no es más que una repetición de la del toro. Tal vez, de hecho, sólo sirva para crear el paralelismo villano ↔ animal, o tal vez sea una falsa metáfora, una falsa referencia para no dar vueltas innecesarias, como los peces en Salón de belleza, de Mario Bellatín.

11. La conclusión.
     En realidad, poco tengo que concluir si no es que no quiero concluir nada: lo que yo he dado no es más que una lectura posible de este texto. Sí diré que creo firmemente en ella. También creo que esta lectura confiere un gran valor al relato de Echeverría. De todos modos, es mucho más lo que falta por decir, pero las claves para que un lector activo un “lector detective” saque sus propias conclusiones quedan dadas; a partir de ahí, el intento de Echeverría habrá sido un éxito si, a través de El matadero, al menos una persona en este mundo mediatizado toma conciencia de su propio entorno inmediato y de los mecanismos subyacentes que en él operan. Si luego decide seguir viviendo como antes de esa experiencia de lectura, como antes de saber que las categorías en las que probablemente siempre ha creído no son más que maniquíes burdamente elaborados por las instancias del Poder y sus armas (los medios de comunicación) eso es algo que ni Echeverría ni yo podemos controlar. Tal vez ni siquiera podamos criticarlo.

Benno von Archimboldi, diciembre de 2012

2Como apunte, diré que en un fragmento póstumo, Nietzsche afirma el genio es la “quinta idea falsa de la modernidad”.

6 comentarios:

  1. Esteban Echeverría escribió El Matadero en 1838 y falleció en 1851. https://es.wikipedia.org/wiki/Esteban_Echeverría

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  2. EH PERRO NO ME RESPONDES ESTO: EXPLICAR PORQUE HEREJOTE ES UNA IRONIA

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  3. anda forro no me contestes BASURA

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