martes, 29 de noviembre de 2011

Abaddón el exterminador

Acabo de ver que hace un mes que no escribo una reseña en este blog, y si no lo he hecho ha sido simplemente porque en este tiempo sólo he sido capaz de leerme una obra literaria: Abaddón el exterminador. Esto, comparándolo a la frecuencia de lectura —que se deduce de la frecuencia de publicación en el blog— que suelo llevar, deja claro que leer este libro me ha supuesto un esfuerzo similar al que tuve que hacer para leer La saga/fuga de J.B., La montaña mágica, El Ulises o En busca del tiempo perdido.

Siempre he pensado —y plasmarlo aquí de forma escrita probablemente hará que deje de pensarlo en un futuro próximo— que la vida es la materia prima de la literatura, y este libro confirma tal creencia. Abaddón el exterminador, en mi opinión, busca figurar el infierno, un infierno kafkiano, claro, un infierno de urbanita, no el infierno de un soldado o un preso. Por eso creo que la obra flaquea en los puntos en que busca la mayor sordidez: cuando picanean a uno de los personajes, por ejemplo, y alcanza asimismo sus clímax en puntos "autobiográficos" (doy por hecho que la literatura aniquila cualquier posibilidad de biografía) como la parte en que conoce a Soledad.

Sin embargo, en general, aunque me pese, debo decir que me ha parecido un libro bastante denso y —al contrario que La montaña mágica— vacío. Y no digo "aunque me pese" por ninguna suerte de aprecio que tenga a su creador (acerca de quien cometí el error de informarme antes de comprar el libro) sino porque si unánimemente se le considera un creador admirable, corro el riesgo de equivocarme por no haber captado quizás algún detalle de su prosa. Aunque pensándolo bien, ninguna de las personas que me han hablado de Sábato era lo que se considera un "buen lector". De hecho, la mayoría ni lo habían leído. Esto, aunque parezca sorprendente, es normal en una persona que ha dedicado su vida a ser un "pensador", ya que de sus ensayos —que no he leído, no critico— las citas se han multiplicado y se siguen multiplicando hasta llegar a oídos de muchísima gente. En general, más que un escritor, Sábato me parece un personaje público.

Tal vez él tuviese conciencia de ello al convertirse en un personaje de su propia novela. Esta técnica, por ególatra que me pueda parecer, logra su objetivo en algunos momentos, aunque en otros nos cuenta ciertas angustias que le atenazan que cualquier ser humano ha sufrido en sus carnes (creo) sin aportar siquiera un punto de vista interesante y, por lo tanto, aburren.

De Walsh se ha dicho que es el anti-Borges y, aun entendiendo por qué se dice eso, yo se lo aplicaría en un sentido mucho más esencial a Sábato: Borges ficcionalizó la existencia entera, comprendió e interiorizó la mentira, mientras que Sábato la negó e intentó encontrar una verdad por todos los medios posibles. Como es obvio que no lo consiguió (al menos en su literatura), buena parte de su libro consiste en devaneos vacíos alrededor de conceptos filosóficos que, la verdad, cansan.

En El libro negro, de Giovanni Papini, hay un capítulo en que se nos habla de un poeta que, en busca del poema perfecto, escribió uno con miles de versos y fue tachando —durante años— palabras hasta que sólo le quedaron una o dos: él afirmaba que todo el poema estaba insinuado en esas dos palabras. Aunque esto no era sino un juego de Papini, una exageración, Abaddón el exterminador no quedaría mal con medio libro fuera; de hecho, probablemente fuese una gran obra si Sábato eliminase de su interior los retales que fue añadiendo como buenamente pudo. Ésa es, al menos, la impresión que me ha dejado el libro. Además, se pierde buena parte de la cohesión cuando uno quiere abordar la existencia humana desde todas las perspectivas posibles. Vale que quizás se puede hacer, si uno es un genio y lleva toda su vida escribiendo literatura (léase 2666), pero Sábato desde luego no lo logró. Abaddón tiene mucho trabajo detrás, pero aun así no llega ni a rozar el esfuerzo que una novela total necesita.

Con todo, hay partes exquisitas (pocas, pero las hay), y además cierta intertextualidad que de seguro ha hecho que me deje cosas de lado (véase las partes en que habla del Informe sobre ciegos), aunque me informé tanto como pude sobre las referencias más importantes del libro. También he de añadir que lo que he oído de Sábato en relación a la historia de Argentina me generó una impresión bastante negativa del "pensador" que puede haber hecho que, siendo él un personaje axial de su novela, me haya hecho rechazar aún más la impresión de héroe humilde y sencillo que quiere dar. Yo, claro, opino que esto ha sido un catalizador para que la novela me aburra, no un motivo directo, pero como es obvio no puedo ser objetivo cuando hablo de mi propia percepción.

Para terminar, una consideración sobre el final del libro: como cualquiera que lo haya leído habrá notado (y si no lo has leído no sé qué haces leyendo una reseña sobre él), el libro al final comienza a solapar realidades, Sábato se convierte en una rata al más puro estilo Kafka, un personaje tiene premoniciones apocalítpticas, etc. Esta parte me parece, con diferencia, la peor de todo el libro, pues los personajes empiezan a confundirse unos con otros y la estructura se derrumba por completo. Sin embargo, no es suficiente para que el lector se estremezca ni lo más mínimo. En fin, si esa destrucción estructural era, como yo creo, un intento para crear una ventana que diera al infierno, me parece que el intento ha fracasado de una forma que casi apena, como el autor en su búsqueda de lo absoluto.

miércoles, 26 de octubre de 2011

La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada

La increíble y triste historia de la cándida Eréndira es un cuento de contrastes. El primero y mayor de todos ellos es poco menos que evidente: Eréndira, una niña inocente que siempre ha vivido con su abuela y —no lo olvidemos— jamás vio hombre alguno más allá de los relatos que aquélla le contaba en su palacio dorado, es una persona que lo único que ha conocido es el trabajo duro. Hasta aquí hallamos la definición clásica de la pureza: austeridad, trabajo, soledad y virginidad.

Sin embargo, cuando su sino se ve truncado —y el destino será un tema que trataremos más adelante— Eréndira, ese ser angelical y puro, acaba prostituyéndose, quizá la mancha más grande a la pureza de una mujer que podamos comprender desde la moral clásica, para pagar una deuda a su abuela que, si antes ya abusaba de ella, pasa a disponer completamente de su carne y su voluntad.

Esta teoría de los claroscuros se puede apoyar, entre otras cosas, en el vocabulario y en las expresiones empleadas por el autor, siempre llenas de contrastes. Por ejemplo, podemos encontrar en los primeros compases del texto ya algunas estructuras lingüísticas en que a ciertos objetos se les asignan cualidades que les son extrañas. Una muestra,

[...]
con muebles frenéticos y estatuas de césares inventados, y arañas de lágrimas y ángeles de alabastro, y un piano con barniz de oro, y numerosos relojes de formas y medidas imprevisibles.
[...]

Esto, como ya sabemos, es un recurso que se multiplica hasta el infinito en el realismo mágico, pero en este cuento es especialmente significativo en tanto adquiere una nueva dimensión. Normalmente, esta clase de construcción nos lleva al perfecto doble extrañamiento: por una parte, nos extraña la relación, y por otra nos extraña el hecho de entenderla, lo cual hace que nuestra realidad —nuestra comprensión— se identifique con la fantasía que nos propone el autor. Sin embargo, aquí, más allá de la dicotomía de lo real y lo maravilloso topamos con la de la "pureza" y la "suciedad", siendo tanto una paradoja como un claroscuro que, a la vez que fascina, impacta.

Esta tesis del contraste se apoya en muchas otras cosas. Primeramente, lo real-maravilloso es un primer báculo para ella, quizá no lo bastante recio, pero se apuntala si tenemos en cuenta la variación del paisaje (desierto/mar), la del comportamiento de la abuela (a ratos conciliadora, a ratos esclavista) y, sobre todo, la de los personajes, que pasan por un alcalde que dispara a las nubes para que llueva y llegan al absurdo de una compañía de curas que internan a Eréndira en un monasterio en que, recordémoslo, aunque trabaja de sol a sol “contra el desierto”, es feliz, pero del que decide salir cuando su abuela así lo quiere, dato que es importante mantener en la memoria para cuando lleguemos a tratar el tema del destino.

Dentro de los personajes también encontramos contradicciones. Aparte de las ya explicadas acerca de Eréndira y su abuela, hallamos en el papel de personaje principal, de héroe, a un jovencito “cuyo abuelo tenía alas” que se acaba convirtiendo en un asesino para poder liberar, de nuevo, la pureza de Eréndira, que ahora es su locura.

Quizá sea ése y no otro el tema más interesante de la narración. Concretemos: el tratamiento que hace García Márquez del mismo, de la demencia. El cuento, en cuanto a su estructura es, ante todo, circular, ya que Eréndida empieza sola y pura y termina de la misma manera. Sin embargo, la imagen final del cuento —ella corriendo como ausente por la playa, con un chaleco de oro, hasta desaparecer— transmite pura locura. Una locura que se masca desde el principio del cuento, cuando se nos expone que Eréndira es capaz de trabajar despierta y que su abuela sueña sus desgracias.

Llegados a este punto, no podemos hacer más que plantearnos lo siguiente: ¿qué diferencia real hay entre Eréndida y su abuela? Realmente, ¿no nos está engañando García Márquez con el título mismo? ¿No sería uno más adecuado, quizá, La increíble y triste historia de la cándida Eréndida o su abuela desalmada? Esta teoría es, ciertamente, demasiado suculenta como para desdeñarla. Cualquier creador literario podría afirmar el grandísimo atractivo que tiene para un escritor no ya huir de las dicotomías maniqueas, sino lograr dar la vuelta a una situación y hacer creer al lector que el personaje malvado no lo es camuflando el mal con inocencia. Por ejemplo, fijémonos en los siguientes detalles: la abuela de Eréndida fue prostituta antes de encontrar el amor, la abuela es sonámbula como ella, el proceso mediante el cual ambas mueren evoluciona a la par y, sobre todo, también lo hace su locura. No sólo eso: Eréndida huye con el chaleco de la abuela —su símbolo— y desaparece, porque quizá al hacerla matar realmente lo que esté haciendo sea suicidarse. Hagamos una pausa en el siguiente dato: García Márquez nos cuenta que al final Ulises llama a Eréndira, no ya como a una amada, sino como a una madre. Algo más a tener en cuenta: la abuela adivina el futuro de Eréndira (es decir, parece que ya sepa lo que le va a pasar), y como remate final y apunte para nuestra teoría: Eréndira siempre vuelve, irremisiblemente, con la abuela, a quien no puede matar.

Prestando cautelosa atención, de hecho, percibimos una cosa: al final del relato Eréndira se porta mal varias veces con Ulises, lo trata de mala manera, le desprecia en una actitud que le es extraña, que nos parece más propia de su abuela que, si lo meditamos cuidadosamente, ni siquiera es tal, ya que Eréndira es adoptada.

Así, llegamos a la gran pregunta del relato. Odiamos a la abuela y amamos a Eréndira pero, ¿qué, en todo lo descrito, podría impedir que la abuela hubiese tenido exactamente el mismo pasado que su nieta? Así, García Márquez deja entrever, entre los infinitos esbozos de circularidad —pues Eréndira tras desaparecer podría convertirse en una nueva abuela (quiero decir, no es imposible)— una identificación entre los dos grandes personajes del relato y nos alecciona —camuflando la maldad tras un velo de inocencia— sobre los peligros de catalogar a las personas en buenas y malas, y nos intenta hacer llegar que, cuando el destino, cuando el viento de la desgracia sopla en contra, nada de lo que hagamos podrá evitar que lo consumemos; nada de lo que Eréndira haga podrá evitarle la desgracia: convertirse en su "abuela desalmada".

martes, 25 de octubre de 2011

Las ciudades invisibles

Poco hay que decir de nada en realidad. Lo que verdaderamente te acerca al conocimiento es comprender, y no todos los rudimentos que usamos para ello son las palabras. A veces, de la manera más insospechada, el conocimiento surge de actividades aparentemente carentes de todo interés o significado. Subir y bajar 108 veces de una silla cada día puede llegar a tener consecuencias inesperadas. Ello recuerda, en ciertos aspectos, a las extrañas tareas que se llevan a cabo en algunos templos budistas. Se sabe además que una parte importante del conocimiento del maestro es transmitido mediante aforismos cuyo significado ha de ser desengranado por el discípulo. Imagina uno todo tipo de deformaciones y repeticiones en la cabeza del alumno, puede durar hasta años. Pero son todos esos años los que te hacen llegar a la esencia del significado, si ello es necesario.

Algo así ocurre con esta obra de Calvino. Durante años estuvo rondando una idea. Su cabeza, al igual que un mantra, la repite una y otra vez y le hace verla deformada por la realidad sobre la que la plasma. Y así lo muestra en su libro, bajo un macabro disfraz urdido para enloquecer a los impacientes y voraces críticos, quién sabe si habiendo encontrado él mismo su significado.

Hay que empezar por el principio.

lunes, 24 de octubre de 2011

Declaración de principios

Manifiesto de Los escritores bárbaros

1. Esto no es un manifiesto.
2. La relación entre el título y el punto 1 no es ninguno de esos absurdos y burgueses chistes vanguardistas que no hacen gracia a nadie.
3. Nada de lo que se dice en este blog es necesariamente verdad o mentira. De hecho, nosotros no creemos en la verdad ni, por extensión, en su opuesta la mentira.
4. Consideramos que las lecturas de cada texto son infinitas, y que por lo tanto pretender una unívoca es una estupidez y una aporía. No obstante, también creemos que algunas lecturas guardan más coherencia con los hechos observados que otras. No preferimos necesariamente éstas. Preferimos las más entretenidas o, como mucho, las más interesantes.
5. Toda la crítica literaria y sus heraldos nos parecen carne de hoguera. Primero por su pretensión de verdad, que resulta molesta como un picor insistente o como un grano en el culo. Segundo y mucho más importante, porque es aburrida. Extremadamente aburrida. Si alguien considera que en este blog hay algo de crítica literaria, lo tomaremos como un insulto y lo agradeceremos como merece.
6. Los que piensen que, porque creemos que la crítica literaria es absurda, fomentamos una lectura inocente de los textos y nos alineamos en su posición, son gilipollas.La ignorancia de tales individuos no tiene nada que ver con nosotros, nosotros tenemos una capacidad de lectura muy superior a la suya y, por lo tanto, los observamos con una mezcla entre pena y asco. Nosotros también somos gilipollas, pero de otra manera.
7. Cualquier contradicción que halles en este manifiesto, lector, se debe a tu poca capacidad de síntesis o reflexión. Eso es lo que nos diferencia de ti y lo que hace que te interese lo que escribimos, que jamás podrías haber llegado a ello por tus propios medios.
8. Los escritores bárbaros no creemos en nada. Especialmente, no creemos en el número siete. Aunque creemos en que no creemos en el número siete. También creemos en la literatura. Odiamos la ciencia cognitiva y todo lo relacionado con ésta. Por lo tanto, este punto ha sido añadido, tras hondas reflexiones, para abolir cualquier apariencia de magia que pudiese tener el manifiesto.
9. Todo el mundo tiene voz.
10. (Casi) todo el mundo.

El juguete rabioso

El juguete rabioso... es extraño ver cómo ―dentro de un mismo autor― podemos encontrar una novela anterior en el tiempo que nos guste más que otra, y sería curioso buscar las causas de este raro fenómeno... aunque no pienso dedicar mi tiempo a eso.

Más bien, lo que me apetece es hacer un breve recorrido por los puntos fuertes y débiles que ―para mi gusto― tiene la novela que funda la literatura de Roberto Arlt.

Roberto Arlt es uno de esos autores de los que uno piensa que, en general, podría haberse quedado callado y no haber escrito una palabra. Sin embargo, esto no quita para que en sus libros encontremos algún que otro dato desperdigado que pueda interesarnos. Por ejemplo, en El juguete rabioso, la primera parte ―que guarda (como me hizo ver FulminatoDeMercurio (que por cierto es un compuesto químico del que se habla en el libro)) ciertas similitudes con El Quijote― y la segunda ―que tiene parecidos más que evidentes con El Lazarillo―, sin poner en duda que puedan ser autobiográficas, parecen evidenciar una suerte de imitación de la literatura clásica española. Pero por supuesto, esta imitación es torpe, farragosa, un discurso rengo plagado de arcaísmos que ―supongo― al autor le parecieron geniales en su momento pero que no hacen sino ralentizar la lectura y aburrir al lector.

Sin embargo, en la segunda mitad del libro, esto es, el tercer capítulo y el cuarto, Arlt se zafa ―no del todo, pero algo es algo― de ese lenguaje contra el que no tengo nada pero que él no sabe manejar. Ah, y por cierto, me parece del todo normal que uno no pueda escribir con fluidez en un lenguaje que no es el que utiliza todos los días (y yo espero por el bien de la gente que lo rodeó que Arlt no hablase así demasiado a menudo) a no ser que sea un maestro o que tal lenguaje no se aleje demasiado del suyo propio, es decir, para un español no entrañaría una dificultad insalvable escribir un libro en un tono chileno, por ejemplo, ni viceversa, pero podría volverse loco para escribir un soneto gongorino o imitando el tono del Laberinto de Fortuna. Es decir, no culpo a Arlt por no ser capaz de hacer algo sino por intentarlo.

Volviendo a la segunda parte del libro, aquí encontramos una historia ligeramente más interesante que la de la primera, pero aún así no logra cautivar al lector en ningún momento. Con todo, he de decir que es muy curioso comprobar cómo la prosa va mejorando a la par que los argumentos según nos acercamos al final del libro. ¿Por qué?, cabe preguntarse. Una respuesta posible es que Arlt escribió este libro a lo largo de un periodo relativamente dilatado, y cuando estamos "dando nuestros primeros pasos" en literatura, adquirimos los rudimentos, como decía García Márquez, a pasos agigantados, es decir, que el Arlt del comienzo de El juguete rabioso es un escritor distinto al del final.

Como evaluación general diría que, si quemamos la primera parte del libro y entendemos la segunda como un pasatiempo, es posible que podamos rescatar uno de esos textos que, sin ser realmente interesantes, pueden entretenernos un rato y amenizarnos una tarde de lectura en un parque. Sin embargo, de haberse escrito en la actualidad, es seguro que se habría perdido en el mar de la sobreedición sin más pena o gloria que las hordas de libros absurdamente idénticos que hoy inundan el mercado.