martes, 17 de diciembre de 2013

[Mario Levrero]: [El lugar]

Nota preliminar: esto no es un análisis sino una reseña. Es por eso que desvelo ciertos detalles de la trama. Sin embargo, al tratarse de una novela en la que la historia es lo de menos, no creo que haga daño a nadie. El último párrafo, no obstante, contiene mi interpretación del libro, así que quizá sea recomendable omitirlo si éste aún no se ha leído.

Tal vez alguien se sorprenda porque ayer mismo reseñase París y hoy vuelva a la carga con El lugar. La razón es sencilla: Mario Levrero es fascinante, inquietante y secreto. Uno acaba sus libros y se pregunta "¿ya?" mientras mira atónito el número de página: 159. ¿Cómo he llegado hasta aquí?

La pregunta es más que pertinente y es con la que comienza este libro de Levrero: un hombre se despierta en una habitación oscura y no recuerda nada. Un clásico. Poco a poco, empieza a avanzar por cientos de estancias similares pero distintas, algunas de ellas pobladas por extraños humanos que hablan una lengua incomprensible. Levrero, claro, no explica nada, pero uno puede imaginar que tal vez fueron antecesores del protagonista que se quedaron a vivir en el laberinto y terminaron por olvidar cualquier idioma conocido.

Sin embargo, la novela sigue, y en un momento dado el protagonista sale al aire libre (y no "del laberinto", como he leído en un blog) y encuentra gente que habla su idioma. Sin embargo, esto no le reconforta.

A mi ver, El lugar es una novela en la que se trata la dualidad entre el hombre y el escritor que lo habita. El hombre se plantea quedarse en las habitaciones del principio a vivir, pero el escritor le obliga a seguir a delante, a indagar. El hombre se plantea quedarse con Alicia y con su hijo impuesto a vivir en un rancho que tiene todo lo que hace falta para ser feliz, pero el escritor sigue y sigue adelante. Y al final vuelve a su vida normal, pero ya no es el mismo. Cuando la literatura nos besa, la realidad parece pobre, y así es como el personaje halla su casa cuando al fin vuelve a ella: húmeda, gris, y semiderruída. Y es entonces, y sólo entonces, cuando se da cuenta de que quiere seguir viviendo en el laberinto de la ficción, explorando cada puerta que dejó sin abrir. Y entonces hace lo único que queda por hacer: escribe.

Munir

Qué ha pasado hasta aquí

[Lo que sigue es el texto que Munir leyó en Motown el domingo pasado con motivo del cierre de la gira de Los escritores bárbaros]:

Buenas noches. Antes de nada, quiero decir que espero que a nadie le importe que lea en tipo de letra Georgia tamaño 12 interlineado 1,5. Gracias.

La pregunta sería cuál es la pregunta pero mejor dejar eso de lado e ir al grano: la pregunta es: ¿qué ha pasado hasta aquí?, y mi respuesta es la siguiente.

En esta semana –y si me hubieseis preguntado el lunes habría podido jurar que no iba a sobrevivir hasta el domingo– nos han hecho la pregunta varias veces. Bien. Los escritores bárbaros nacimos, sí, pero no con la misión de difundir la cultura escrita (como solemos repetir en cada una de las peticiones de fondos que jamás nos conceden) y tampoco –creo– con la intención de alcanzar la fama (y perdón si hablo por mí, pero es que a mi tutor legal le ha dado un infarto y yace muerto en mi bañera). Simplemente pensamos –pensé– que teníamos al menos tan poco que decir como todos aquellos que abren la boca y a quienes tanto admiramos. Hablo de Fresán. Hablo de Proust y de Cervantes. Hablo de Parra y de Vallejo.

Nuestra primera guerra la fundamos Loro y yo en una diminuta pieza del barrio de San Telmo donde –dice Gema– yo escribí mi obra culmen (culmen, lo crean o no, no lleva tilde) desde la que mi literatura no ha hecho sino caer en picado hasta hoy, y consistía –nuestra guerra– en demostrar que había otras formas de leer y que no existe una lectura buena así como –creo– no existe una verdad o un bien o un dios para todos los humanos. Yo amo la duda sobre todas las cosas: la literatura son dos enormes signos de interrogación con un espacio blanco en medio. Un espacio de cientos de años. ¿Habrá algo detrás de ese enorme espacio en blanco? ¿Siglos de tradición? ¿Siglos de cadáveres? ¿O no habrá nada? ¿O no habrá nada? (¿Habrá dos mexicanos meando en una taza? ¿Habrá –tal vez– una caja de Orfidal? Ya hablaremos de eso luego). El caso es que pronto descubrimos –era inevitable– que eso ya estaba dicho, y no sólo dicho sino refutado y luego rescatado con el prefijo neo- y luego vuelto a superar; pero igual seguimos adelante. Porque lo amábamos. Amábamos las tardes discutiendo sobre literatura al borde de una taquicardia producida por más mates de los que ningún médico en su sano juicio se atrevería a recomendar. Esa guerra se llamó ¿qué hay detrás de la ventana? y hoy se llama Los lectores bárbaros y este texto casi podría ser un poema si yo lo leyese en verso. Sí, todo empezó con una labor tan intelectual como la de hacer crítica, y la poesía fue después. Y se hizo la poesía. Se hizo la poesía aunque para aquel entonces ya todos la hacíamos y lo hacíamos con ella y lo que creamos más bien fue un espacio de reunión, un espacio negro y naranja en el que Vade Retro convive con Góngora y Pablo Cortina con Radovan Karadzic. Lo llamamos –ahora sí– Los escritores bárbaros, y la única regla fue: no habrá ningún jefe.

Aunque muchos pensaron y siguen pensando que Julio es nuestro jefe, tal vez porque es el más alto y en la cultura occidental ya se sabe, o tal vez porque en nuestra primera reunión fue designado Relaciones Púbicas, es decir, cabeza, cabeza visible y a veces pensante y a ratos de turco, pero cabeza, no jefe. Ni siquiera líder. Ni él, ni yo, ni nadie. Antes disueltos (y sigo hablando por mí), antes disuelto en ácido sulfúrico, entonces, como un Mickey Mouse cualquiera. Nosotros –repito– no tenemos jefe.

Pero Julio se va. Julio se va y –claro– eso es una prueba. Julio –como una cigüeña que hubiese olido el invierno que llega– viaja al centro de Europa que –si olvidamos China– es casi como decir el centro del mundo, atraído por el amor o la aventura o la libertad o el currywurst, no lo sé. Y eso, para cualquiera que haya sacado las conclusiones inevitables, puede significar dos cosas: o nos han decapitado o/y nos hemos vuelto invisibles. Eso quedará –sospecho– en manos de nuestro Komando Madrid (Gema, Víctor, Inés, Carmen, Luis (que se va), etc.–. Yo, personalmente, podría decir que he amado a Julio con la destreza con que las abejas aman a la flor del brezo y como la albahaca ama al otoño que viene a asesinarla, o podría decir que le he odiado con la indolencia con que todos nos odiamos a todos alguna vez en la vida. Pero lo que diré, no obstante, es otra cosa. Creo que en algún momento entre los doce y los catorce años (y no lo llamaré paladar) todos nos convertimos en poetas frustrados. Sobre todo los poetas. Y Julio también, claro, no os voy a engañar; pero mucho menos que todos los demás.

En este punto creo que es justo hacer una apostilla sorprendida por el hecho de que el grupo no se haya disuelto aún. Decía House en un capítulo que su equipo cambiaba tan a menudo porque estaba formado entero por personalidades tipo A. Los escritores bárbaros (lo que la gente llama los escritores bárbaros) somos un puñado de tipos A. ¿Cuánto más duraremos? No lo sé, pero sé que tenemos la solidez de una ráfaga de viento: hacemos equilibrios sobre un detonador.

Y ahora tengo que decir lo consabido: que nos mandéis poemas para el blog; que cerréis los ojos de vez en cuando; que nos enviéis vuestros relatos o ensayos; que no miréis al abismo; que hay un cuarto para vosotros en nuestra casa.com; que aquí vivir es contener el aliento && pasar de largo; que si queréis publicar hemos hecho una editorial que más que una editorial es una letanía suicida; que ebediziones con “be” y con “zeta”; que nos mandéis vuestros relatos para el concurso (el premio son 70€ y cada día un poco más); que nosotros no creemos en la aparente transparencia del vidrio y, por supuesto, que tenemos nuestros libros a la venta ahí, en el puesto...

Y también Iride, claro, que nos quiso hacer creer que se llamaba Gonzalo pero que ahora sabemos que sí, que se llama Iride y que escribe mejor de lo que él o ella mism# jamás podrá llegar a advertir o imaginar;

o Vade Retro, que hoy no está afónico pero que no va a leer porque no le sale de los cojones, aunque eso signifique no vender ningún puto libro, que no va a leer como un antiDalí que defeca sobre el símbolo del dólar, como alguien que sabe que lo mejor para acabar con un buen texto literario es conocer a su autor;

y Gema, claro, Gema, que se hace una marca en las bragas cada vez que provoca una erección recitando, Gema, que vive como una borderline del otro lado;

y Carmen, que no sabía que escribe poesía pero que la escribe, la escribe con la incertidumbre necesaria (sí, porque hace falta incertidumbre, porque amamantamos el embrión de la duda con el amor de una madre con síndrome de Munchausen porque sabemos que las grandes certezas han sido las progenitoras de todas las guerras);

o Inés –de la Higuera– a la que todos abrazamos cada vez como si fuese la última, Inés, que me plagiaste un poema;

o Lluïsa, que escribe en su propia lengua (a veces literalmente);

o Loro, que está dispuesto a consumirse como el papel de un cigarro o como un paquete de Literamita o Dinatura bajo la fuerza destructora de una llama, con tal de seguir luchando un día más;

y Luis, claro, aquel cuya voz hace ley, aquel que leerá para todos nosotros la nueva constitución el día en que aceptemos al fin que para escribirla primero nos tenemos que arrancar los ojos;

o Inés –Merello–, que está dispuesta a leerse todos los libros de Bordieu y Calinescu con tal de no aceptar su trágico destino de poeta;

y José Ilarraz, claro, cuyo enorme talento está encerrado en un sólo poema...

y Batania, y Pepe Ramos, y Pablo Cortina, y Olaia Pazos y cada uno de vosotros y cada uno de todos ellos.

Me están empezando a flaquear las hechuras del alma pero tranquilos, nadie me verá llorar. Somos y somas –nos guste o no– el futuro de la literatura, que es como decir el futuro del mundo. Y el mundo está hecho de palabras (supongo que eso ya lo sabíais). Por eso, hemos decidido elegir las mejores, no las que más nos gustan sino las mejores, las que rebotan más lejos cuando las lanzas contra una pared o las que una vez traspasaron un horizonte de sucesos y han vuelto. Sólo ésas valen. Palabras como perenne, no como élitro; como helipuerto, no como frontispicio; como lluvia, y no como clorofluorocarbonos. Empiezo a recordarme a mí mismo al Predicador. ¿¡Dónde estás, Predicador!? ¿Estás llenando el mundo de palabras?

Pero ya basta. ¿Por qué me dejáis construir una ciudad en vuestros tímpanos?

Hacer literatura es hacer mundo. Os paso la palabra.


lunes, 16 de diciembre de 2013

[Mario Levrero]: [París]

París es la segunda novela de la Trilogía involuntaria del uruguayo Mario Levrero. Esto implica, al parecer, que Mondadori se confunde en la cronología de sus ediciones Debolsillo, pero no importa demasiado; la trilogía es, efectivamente, involuntaria.

Intentaré -y no es fácil- referirme a Kafka lo menos posible, ya que las resonancias son mucho más fuertes en La ciudad (primera entrega de la trilogía) y no quiero aburrir a mis lectores. La ciudad, de hecho, fue escrita en días que siguieron a noches en las que el autor leía y releía El castillo, si atendemos a las palabras del propio Levrero. Es, sin embargo, necesario hablar de los carabineros y de su relación con "Ante la Ley". Quien me conozca conocerá mi costumbre de no resumir las obras que reseño, así que espero que se me perdone, pero no veo el sentido a que ustedes lean una nota sobre una novela que aún no han abordado. Diré, eso sí, que en ningún momento a lo largo de la novela se narra que los carabineros maten a nadie, y cuando el protagonista trata de salir del Asilo le disparan, sí, pero nunca le aciertan, al igual que el guardián de "Ante la Ley" promete castigos a los que jamás llegamos a asistir.

A este respecto es interesante observar cómo evoluciona la psicología del personaje. Al comienzo, nos hallamos ante un protagonista que casi nos hace sentir orgullosos por la seguridad que muestra en sí mismo. Cuando el anciano Juan Abal le informa de la prohibición de salir, afirma que él "intentaría salir. Quizá se desconcierten y no atinen a disparar; quizá no tengan interés, realmente, en hacerlo. De todos modos [...] si yo quisiera salir, encontraría la manera de hacerlo" (44). Cuando sale volando de la azotea, vuelve por su propio pie sin temer que le disparen, ya que la lógica le dicta que "no habría inconveniente para entrar" (62). Más tarde, sin embargo, cuando vuelve tras la misa, ya entra temeroso de que le disparen: "Temo que disparen sobre mí, pero trato de mostrarme indiferente" (67). Y ya cerca del final de la novela, leemos: "no pude evitar, sin embargo, un envaramiento bastante evidente de la espalda cuando quedé en la línea de fuego de los mosquetes, al entrar al Asilo" (112). Ésta es, me atrevería a afirmar, la narración de Mario Levrero de cómo el individuo acepta su posición respecto a un poder del que supuestamente forma parte y que realmente no comprende; un poder que parece manar de algo ajeno a sí y cuyas reglas va aceptando de forma paulatina y silenciosa.

Si hablamos de las herramientas que este Poder maneja, las más evidentes son dos: el dinero y el deseo sexual. Baste una cita: "Pero luego recordé que hasta la semana entrante no tendría trabajo, con Marcel, y probablemente debiera andar vagando todos esos días y noches sin tener un lugar, un punto de referencia; incluso, de encontrar a Angeline [...] necesitaría un lugar para acostarme con ella, y sin dinero no sería fácil" (68).

He dicho que el protagonista no entiende su relación con el poder, pero en realidad apenas si entiende algo del mundo que le rodea. Una realidad que se mezcla con los sueños y la memoria indistintamente y donde los otros siempre aparecen como seres extraños e incomprensibles, una forma de ver el mundo que acentúa la sensación de soledad. No es extraño, por eso, que en París (y en todo lo que he leído de Levrero) predomine el yo con tanta fuerza como lo hace en Felisberto Hernández. No es extraño, tampoco, que en los diálogos hallemos la inquietante distancia que también encontramos en Beckett o Arrabal.

En cuanto a la mujer, en la novela aparece como un objeto y como un obstáculo. Como un objeto en tanto la elige en un catálogo y desde ese momento se vuelve poseedor de la misma; en tanto dispone de ella como desea y cuando desea (o eso pretende él) y se la pueden "robar". Como un obstáculo porque ella no le permite volar en el momento en que su destino parece cruzar ante sus ojos (en la azotea, cuando pasa la comitiva de los ángeles) ni tampoco le permite en un principio leer el libro llamado Toda la verdad. También: en ningún momento vuelve a atreverse a despegar porque sabe que ahí tiene una vida tranquila junto a Angeline, después de que compren "las cortinas y los cuadritos".

Tanto La ciudad como París (aún no he leído El lugar) son novelas profundamente dinámicas: el protagonista no para de ir de un lado para otro, como zarandeado por un destino que no comprende y que no lo deja descansar. Es así que cada poco leemos que se encuentra "profundamente cansado", pero no puede parar en ningún momento. Seguramente nos sorprenderíamos si pudiésemos ponerle un cuentakilómetros a los personajes de Levrero.

Antes de hacer una breve crítica a esta excelente novela, me gustaría referirme a un fragmento que me ha parecido curioso. En un momento dado, el protagonista ve una manifestación y se integra a la misma, y leemos "por primera vez sentí la emoción de un espectáculo, de formar parte de un espectáculo y disfrutarlo al mismo tiempo como espectador" (143). Las resonancias de Baudrillard son evidentes. E interesantes.

Para terminar, una pequeña nota negativa. Tal vez sea mi percepción, pero creo que a la novela le sobran unas 20 o 30 páginas, ya que las situaciones extrañas se empiezan a suceder con mayor frecuencia pero menor enjundia desde que comienza el tramo narrativo de Sonia. La resurrección de Gardel en el teatro Odeón (que me recuerda a Camino de ida, de Carlos Salem) parece escrito como con prisa. Cualquier lector avezado entenderá de qué sensación hablo. Tal vez Levrero quisiese extender la novela, o tal vez en esos tramos haya algo que yo no he terminado de captar. No lo sé.

Munir

viernes, 29 de noviembre de 2013

E-ntrebitstæ [4] a [Julio Achútegui]

Hola, soy Munir, el preguntador de esta e-ntrebitstæ. ¿Qué diferencia hay entre una entrevista y una e-ntrebitstæ?

1. La e-ntrebitstæ no hace distinciones de género ni color de pelo.
2. La e-ntrebitstæ es exclusivamente on-line.
3. La e-ntrebitstæ se escribe entera antes de empezar. Se le mandan las preguntas a la víctima una por una. Éstas no varían jamás en función de las respuestas. En este caso concreto, no obstante, se enviaron todas de golpe. El sistema estaba en fase beta.
4. Una e-ntrebitstæ siempre consta de 11 preguntas.
5. Otras particularidades que el lector podrá advertir.

Sin más dilación, la e-ntrebitstæ a [Julio Achútegui].


1. Buenos días.
          Buenos días. Aunque el punto uno no sea una pregunta, respondo, porque me considero, al menos, educado.

2. ¿Qué le parecen los formularios?
          Normalmente, los formularios me parecen un coñazo.

3. ¿Podría contarnos alguna anécdota relacionada con el número dos?
          El número dos debe su forma gráfica en la tradición occidental gracias a los árabes. El número en sí (su forma) tiene dos ángulos agudos.

4. En una de sus más recientes publicaciones, usted afirma que "lo pequeño de este mundo es lo que ya no me sorprende". Muchos han querido leer ahí una actitud de abulia, de apatía. ¿Es eso cierto?
          Es bastante posible que el mundo en general me aburra, sobre todo desde que he dejado de fumar. Pero tampoco es eso tan exacto, depende mucho del día y del ánimo. El día en que escribí ese cuento había sido un mal día hasta que la noticia que propició escribirlo me alegró, en cierto sentido. Me pareció divertido, y esa frase es, justamente, irónica.

5. Ricardo Piglia.
          Insisto en el punto uno. Roberto Bolaño.

6. ¿Podría contarnos alguna anécdota relacionada con el número seis?
          Cuando este número se repite en serie hasta tres veces se considera diabólico. Es uno de los números más olvidados del panorama occidental.

7. ¿Es operativo a día de hoy el concepto "generación" para analizar la joven poesía madrileña? ¿Y la española? ¿Y la chilena? ¿Y la mundial? ¿Y la universal? ¿Y la de n posibles universos paralelos?
          Dada la complejidad de la pregunta, responderé de la manera más compleja que puedo: no. Pero voy a facilitar un poco lo que significa no, a través de otro escrito, comenzado ayer: "El 13 del 13 del 13 quedará lo que era un mes cuando el tiempo se contaba de otra manera para que ocurra lo que genera que desde hoy haya cambiado dicha concepción. Hoy he decidido que no estoy de acuerdo con el sistema que nos otorga una edad definida que determina tanto la concepción de algunos roles, como que para terminar una carrera universitaria tengas que hacerlo entre los 22 y los 24 años, momento en el cual puedes plantearte continuar o buscar "estabilidad" por que "se "te" pasa el arroz"".

8. ¿Sigue usted opinando lo mismo que nos dijo en (1) acerca de los formularios? ¿Y los formularios físicos (los catálogos de fórmulas): le merecen la misma opinión?
          Si esto es una encuesta, hay que tener más cuidado. En (1) dije buenos días, no algo acerca de los formularios. La segunda pregunta de este punto me parece divertida. Los formularios me parecen como las listas de palabras de la clase de inglés: dependiendo de la fase del aprendiente, pueden ser útiles o llevar a la confusión total y absoluta.

9. ¿Qué o quiénes son exactamente los escritores bárbaros?
          Los escritores bárbaros son un grupo poético creado por un tal Roberto Bolaño, un grupo que no lee, que no hace nada en común, hasta que se lo pasa teta (o sufre) con y por los libros. También son un intento. De qué, ya es otra cuestión.

10. ¿Podría contarnos alguna anécdota relacionada con el concepto de más menos infinito?
          Cuando resolvía los ejercicios de matemáticas en el instituto, en relación a los límites, ponía siempre dicho resultado, porque acertaba en la mayoría de los casos. Cuando no, era porque el resultado era cero. Para mí, cero e infinito tienen el mismo valor.

11. Buenos días.
          Buenos días, insisto. E insisto en (1).

lunes, 25 de noviembre de 2013

E-ntrebitstæ [3] a [Gema Palacios]

Hola, soy Munir, el preguntador de esta e-ntrebitstæ. ¿Qué diferencia hay entre una entrevista y una e-ntrebitstæ?

1. La e-ntrebitstæ no hace distinciones de género ni color de pelo.
2. La e-ntrebitstæ es exclusivamente on-line.
3. La e-ntrebitstæ se escribe entera antes de empezar. Se le mandan las preguntas a la víctima una por una. Éstas no varían jamás en función de las respuestas. En este caso concreto, no obstante, se enviaron todas de golpe. El sistema estaba en fase beta.
4. Una e-ntrebitstæ siempre consta de 11 preguntas.
5. Otras particularidades que el lector podrá advertir.

Sin más dilación, la e-ntrebitstæ a [Gema Palacios].



1. Muy buenas, un placer conocerla al fin.
          Hola. Desgraciadamente, no puedo decir lo mismo. Te desconozco desde hace tiempo.

2. 

          Deduzco que tengo que decir qué es el dibujito ese, pero la verdad es que no tengo ni idea. ¿Me das permiso para inventármelo? Parece un monstruo gracioso, con sus cuernecitos, brazos y patitas. ¿Más concretamente? Si me apuras, diría que se parecen a un pokemon. 

3. ¿Qué opina de las personas que "sonríen satisfechas"?
          Que deberían dejar de pensar que follan como dioses (sonrisa satisfecha).

4. ¿No le parecen hermosas las palabras "Instituto Anatómico Forense"?
          Hmm... sí. Hermosas como las amapolas o como ir a la Autónoma un lunes sin tener clase.

5. 

          Eso es una mezcla de jabalí, elefante y cerdo.

6. ¿Qué Reich le gusta más? ¿El primero, el segundo o el tercero?
          ¿Lo dice por el libro de Bolaño? Si es así, obviamente, el tercero. Y si no, pues también.

7. Entre sus dos grandes amores... ¿Pizarnik o Cervantes?
          Lo habré repetido en un sinfín de ocasiones: no soy cervantista y odio las etiquetas. Eso sí, reconozco mi locura tal vez tenga su origen en los libros, como en el caso de mi querido Alonso Quijano, pero si me hicieses esta misma pregunta con un par de cervezas en el cuerpo, te respondería lo contrario. ¿Pizarnik? Ah, Pizarnik era mi nombre cuando nací en Buenos Aires allá en el 36, pero no estaba tan loca como ahora. Y que quede claro que no me suicidé: fueron ellos los que me suicidaron.

7b. ¿Libertella o el ganador de (7)?
          Libertella no es comparable a nada. Ahora releo sus teorías desde España y no les encuentro sentido. Sin embargo, allá... allá era otra cosa. Me crucé varias veces con ese genio con ojos de loco. Me invitó a su casa y le mandé al carajo. Y después.... después empecé a buscar sus libros en los puestos de usados, y di con algunos títulos interesantes. Pinté las paredes de mi habitación con sus frases, y, finalmente, escribí un monografía sobre él. Pero ha pasado ya un año desde entonces. Acá ha llovido mucho, y allá, ni te cuento. En este momento me he enamorado de Piglia (otro argentino, sí).

8. En su recientemente aparecido Morada y Plata, la mayoría de los poemas se dirigen a una segunda persona, ya del singular, ya del plural. ¿Cómo explicaría este fenómeno?
          Mis poemas son muy conversacionales, no puedo evitarlo. Esto suele sucederme porque hablo por los codos y necesito que alguien esté ahí, escuchando mi perorata. Me gusta que el destinatario del poema caiga en la cuenta de que lo he escrito para él. Me gusta que se ponga colorado o que se eche unas risas, o que no sienta absolutamente nada, porque no sea capaz de entenderme. Eso da igual. Lo más importante es saberme escuchada. Punto.

8b. ¿Y el de la difracción de la luz (sin usar nada que no se supiese en el momento en que murió Newton?
          Yo no sé nada, lo juro. Preguntále a ese de la segunda fila, que no hace más que levantar la mano.

9. ¿Se ha planteado alguna vez seriamente la operatividad o inoperancia de su heterosexualidad?
             Por supuesto. Creo que si estuviera más operativa, explotaría, y si se diera el caso contrario, me devoraría a mí misma una y otra vez. Me gusta mi sabor.

10. 

          Eso es un pibe mexicano, con sombrero y bigotazo.

11. Muá.
          ¿Ya se acabó? Pues nada. Chau, viejo!